martes, 1 de julio de 2008

((( Writer's Block )))

XI.


Son las 3 de la mañana, hace casi dos días que no duerme. Está leyendo un libro de cuentos en el sillón, el mismo de siempre, perdió la cuenta de las veces que lo leyó. Siente unos pasos cerca de la puerta de la calle, detiene la lectura y se queda inmóvil. Ruido a papel. Vé un sobre deslizándose por debajo de la puerta. Siente unas ganas intensas de correr la cortina y descubrirlo ahí, arrodillado frente a su puerta, pero sabe que así no funciona. Entonces no se mueve hasta escuchar que los pasos se pierden en la oscuridad de la noche.

Un sobre blanco, su nombre escrito con tinta azul y subrayado. Abre el sobre, una caligrafía conocida, angulosa y temblorosa. Cuatro papeles sacados de una libreta telefónica, las letras k, ñ, x y z; escritas todas de ambos lados. Respira hondo, se sienta nuevamente y comienza a leer. Llega al final y lo mismo de siempre, él no firma las cartas. Siempre le molestó esa ausencia al final de la hoja.

Agarra un papel y se sienta en el piso apoyándose en la mesa ratona para escribir. La lámpara chorrea una luz amarilla sobre la hoja, dibujando un círculo que apenas la abarca, una hoja blanca porque nunca le gustaron los renglones. Cuando termina de escribir, pone la hoja en un sobre, lo sella, abre el cajón del mueble y lo coloca encima de un montoncito de sobres, es la pila de las cartas que nunca va a enviar.



XII.



El andar del tren le evocaba otros tiempos, el reflejo de la ventana le devolvió otra imagen: la de ella. Pensó en llamarla cuando llegara a la ciudad, pero sabía que así no funcionaba. Entonces se le ocurrió escribirle una carta, aunque ella nunca se las contestara. No tenía papel y tuvo que improvisar, agarró la libreta telefónica y arrancó las hojas en blanco, las letras k, ñ, x y z. Decidió ir de madrugada, es la hora en que los seres como nosotros se sienten más vulnerables -pensó mientras subrayaba el nombre de ella escrito en el frente del sobre.

Vio la luz del living prendida y se la imaginó leyendo su libro en esa soledad intrigante que siempre la envolvía. Se acercó con pasos firmes, como buscando anticipar su llegada, como buscando una señal desde el afuera tan tristemente afuera. Observó la cortina inmóvil esperando un movimiento, una mano que se asomara para correrla y descubrirlo ahí donde quería ser encontrado, pero nada. Deslizó el sobre por debajo de la puerta y se fue.

Se sentó en el banco de la plaza que está a dos cuadras de la luz encendida y admitió solo para sí que sus cartas en realidad no eran para ella. Sus cartas eran para él, solamente se las hacía llegar para sacarse el peso que le generaban esas palabras de plomo sobre sus hombros cansados. Tal vez por eso ella no se las contestaba, tal vez por eso él ni siquiera las firmaba.




XIII.

Los dos releyeron el mismo fragmento. Él nunca releía sus cartas, pero sintió la necesidad de revisar ese fragmento antes de sellar el sobre sin vuelta atrás. Ella lo hizo después de sumar un sobre más a la pila de cartas que encerraba en el cajón.

"Si tuviera que elegir una sola de todas las imágenes tuyas que guardo en los archivos de mi engañosa memoria, luego de resistirme a tal arbitrariedad, sé que elegiría la primera.
Me quedaría con el recuerdo de la primera vez que te vi, entrando en mi jardín de flores rojas con mi libro abajo del brazo y una expresión de total desconcierto en tu cara, una mezcla de fascinación y miedo (que por lo general vienen juntas).
Tal vez porque en ese momento eras totalmente desconocida para mi, un enigma con el pelo al viento y los ojos hambrientos, una incógnita lejos del alcance de mi mano y de mi entendimiento. Eras un signo de pregunta que se iba abriendo con cada paso que dabas, con cada palabra que salía de tu boca roja, roja como mis flores.
Con el tiempo fui observando tus movimientos hasta adivinarlos antes de que sucedan, como un desdoblamiento en dos tiempos, uno de predecirte, otro de confirmarlo.
La última vez que te llevé a la estación de tren para que regresaras a la ciudad, es por otro lado, la escena que más aparece en mis sueños. Tu cara casi inmóvil a través del vidrio frío, volviendo ligeramente los ojos hacia atrás por un momento, hacia donde quedaba yo con la certeza de que ese tren no iba a regresar.
Esa imagen tuya alejándote, volviéndote nuevamente inalcanzable, regresando a tu mundo de papeles en blanco y madrugadas desveladas, a tu mundo que otra vez se me hacía extraño, imposible de descifrar. Entonces otra vez la incógnita alimentando el deseo contradictorio y paralizador de tenerte y no, de conocerte y desconocerte.
Ya lo habías escrito vos misma, en una de tus hojas sin renglones que una vez encontré entre mis libros, lo habías escrito antes de sumergirte entre las flores rojas de mi jardín para llegar a mi puerta: lo prefiero intocable -decía al principio de la hoja, como si fuera un título.
La próxima vez antes de meterte en la boca del lobo, deberías recordar tus preferencias."