martes, 2 de octubre de 2007
((( Obsesión )))
I.
¡Basta, basta! - gritó y cerró el libro con un golpe fuerte y seco.
En sus momentos de mayor lucidez se daba cuenta que el libro la estaba enloqueciendo. No podía dejar de leerlo, ya lo había terminado y vuelto a empezar más de cien veces en los últimos días. Nunca podía llegar al final.
Al principio simplemente estaba complacida con la historia, le parecía un planteo interesante. Todas las noches antes de dormir leía un capítulo o dos y lo dejaba en su mesa de luz. Después comenzó a sentirse atrapada por la narración y la disfrutaba intensamente. Siguió el encantamiento, la fascinación y terminó en una obsesión. Cuando se dio cuenta ya se había convertido en un castigo, en un flagelo inevitable que consumía todas sus horas del día. Había dejado de dormir, casi no podía comer y no quería salir de su casa.
Estaba al borde de la locura y el último recurso antes de perder el control era visitar al autor de su obsesión.
II.
No le fue difícil rastrearlo, vivía en un pueblo desconocido a unos kilómetros de la ciudad al cual solo se podía llegar en tren. En el trayecto intentó pensar qué le iba a decir, pero se dio cuenta que su pensamiento había sido invadido por las frases del libro, ya no podía pensar en otra cosa.
El tren iba vacío y en la estación del pueblo tampoco había nadie. Con la dirección anotada con lapiz clarito en la contratapa del libro salió a buscar su casa. Había en esas calles una sensación de abandono, de deshabitación y soledad que le congelaba los huesos. Vio una casa con un jardín lleno de flores rojas, tenía que ser ahí. Golpeó las manos desde lejos y unos segundos después apareció un hombre en la puerta. Su rostro le pareció familiar, el pelo oscuro y lacio le caía en la frente y sus ojos verdes estaban cubiertos por pestañas espesas y bien negras, pero fue su mirada que le dio un cierto escalofrío en la espalda. Era él, era el escritor. Vio que ella llevaba su libro abajo del brazo: "te estaba esperando, sabía que ibas a venir" - le dijo mientras esbozaba una sonrisa perfecta y la invitaba a pasar.
III.
Su frase le generó cierto pánico pero su sonrisa le dio tanta seguridad que no dudó un segundo en entrar. La habitación era grande y tenía cuatro ventanas con elegantes cortinas que dejaban entrar una potente luz blanca. Con los ojos encandilados ella recorrió cada rincón del lugar.
Las paredes estaban cubiertas con cuadros monocromáticos que consistían en pinceladas de diferentes intensidades que delineaban formas difusas, uno rojo, uno azul y uno violeta.
No había muchas cosas en la habitación, todo parecía estar en su lugar, en perfecta armonía y simetría.
El piso de madera brillaba debajo de la alfombra, había varios almohadones desparramados por el suelo y un tocadiscos adornaba un mueble de líneas simples. Del otro lado había una biblioteca inmensa llena de libros pero desde donde estaba no podía llegar a descifrar ningún título.
En el centro del lugar había una mesa con una montaña de hojas en blanco y otra montaña de hojas bañadas en tinta negra.
Del techo colgaban unas lámparas extrañas y fue en ese momento en que ella sintió que ya conocía ese lugar. El escritor seguía con su sonrisa perfecta y la miraba como intentando leer cuáles eran sus pensamientos mientras inspeccionaba atentamente el lugar en el cual él pasaba sus días.
Cuando sus miradas se cruzaron entre los rayos de sol entendieron todo, entonces él le hizo un gesto casi imperceptible y salieron por la puerta de atrás.
IV.
Un jardín enorme se desplegaba ante sus ojos que seguían un poco encandilados por el brillo de la luz solar. Metros y metros de terreno cubierto por un espeso manto verde y rodeado de arbustos, flores y árboles. Ella no conocía nada de botánica, solo reconoció un limonero y un mandarino. Le gustaban las cosas ácidas. Trató de respirar hondo para llenarse los pulmones con el aroma cítrico que desprendían los frutos.
Pero lo que más capturó su atención fue un árbol frondoso que había al fondo del terreno, por debajo de sus ramas sobresalían unas hojas color púrpura y otras rojas que apenas se asomaban.
V.
El escritor vivía en un paraíso para los sentidos. Pero no era que él fuera encantador, su sonrisa y sus ojos verdes y brillantes sí lo eran. Él no era encantador, era especial.
Tenía un gesto en su cara que le daba un cierto aire de misterio, ella lo notó y pensó si no sería justamente ese gesto lo que le generaba una sensación de magnetismo inexplicable e inquietante.
VI.
Esa tarde se tiraron en el pasto al lado del árbol, él le contó la historia de cómo había llegado a su jardín. Hablaron sobre las palabras, los colores recurrentes, los desencuentros, los desdoblamientos de la memoria, el deseo de desear y de no desear más, la vida en el pueblo y los mundos paralelos. Miraron las nubes en silencio y se miraron de reojo y volvieron los ojos al cielo de nuevo para volver a mirarse después, detenerse en las pupilas del otro, no sacarse los ojos de encima, respirar en sintonía, sonreirse y apenas rozarse las manos a través del pasto húmedo que les hacía de colchón. El libro quedaba en el olvido, el libro y el mundo quedaban en el olvido. Pero solo iba a ser una amnesia temporal.
VII.
La voz del escritor tenía un efecto hipnótico sobre ella. Por momentos quedaba atrapada con sus historias y podía recrear en su cabeza las escenas que él describía y sentirse ahí, como arrastrada por un remolino de palabras que la situaban a su lado para observar lo que él observaba en ese preciso instante con su mirada penetrante.
En otros momentos quedaba fascinada con la forma en que su boca iba pronunciando cada palabra, deslizándolas a través de los labios para llenar el aire que los separaba con letras que se desparramaban caóticamente.
VIII.
Así fue escuchando selectivamente lo que él decía. Cuando estaba concentrada en lo melodiosa que sonaba su voz o en los movimientos de sus labios, las palabras se perdían, se desarmaban y solo quedaban letras sin sentido. Se perdían fragmentos de historias, fragmentos que eran como piezas de un gran puzzle. Y cuando a los puzzles le faltan piezas ya no sirven.
XIX.
Hoy en día eran pocas las personas que llegaban a ese pueblo, años atrás había sido un lugar muy habitado, sobre todo porque tenía un puerto natural de mucho tránsito.
Con la construcción de un puerto de mayor infraestructura en una ciudad vecina, el lugar se fue despoblando y las calles fueron tomando ese aspecto de desolación que ella había sentido ni bien se bajó en la estación de tren vacía.
Fue en ese momento cuando el escritor decidió mudarse para ahí. Llegó cuando la gente se estaba yendo. Era ideal, venía huyendo del barullo, venía buscando la soledad.
X.
De todas maneras el puerto seguía funcionando, salían algunos botes pesqueros en temporada y un par de veces al año llegaban grandes cruceros llenos de extranjeros que partían a las ciudades vecinas desde la estación de tren. Se había transformado en un lugar de paso.
Las calles se veían desbordadas de turistas que engañosamente vestían al pueblo de colores y de voces entusiasmadas. Él le contó que esos días eran para él un infierno, se encerraba y trataba de no asomarse a ninguna de las grandes ventanas que tenía su casa. Ella dudó un segundo y pensó que triste era que se perdiera las luces reflejadas en el agua. Entonces una imagen del pasado invadió sus pensamientos, cerró los ojos para apagar esas luces, pero seguían allí.
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2 comentarios:
Hello! Acabo de descubrir un post tuyo en mi blog, asi que ya me pasaré de nuevo por aquí para leerte con detenimiento y devolverte el favor, ok? Besoo
Me encantó "Obsesión", es simplemente brillante. Me gusta mucho como describís las cosas, como 'un mueble de líneas simples'. El final es hermoso, muy bueno de verdad. El hombre (el escritor) me cae mal, me parece totalmente siniestro.
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