martes, 2 de octubre de 2007

((( Paranoia )))

I.

Ahora sí estaba todo pronto. En una hora y media recorrió toda su vida. Se aprendió cada capítulo de memoria. Lo vio en todos sus momentos; durmiendo con el sol en la cara, caminando por una calle olvidada y oscura, lo vio viajando por una carretera infinita.
Lo encontró una tarde de invierno con lágrimas en los ojos, otro día con sonrisa dibujada mirando el mar, con los pelos al viento o con cara de recién levantado. Registró todos los ángulos posibles.
Tenía que escribirlo, iba a ser su obra maestra. Mientras las imágenes se acumulaban una tras otra a un ritmo vertiginoso, volvía el perfume y la textura de su piel y las palabras se amontonaban para ver la luz.
Una vez más observó su reflejo en el espejo mientras se afeitaba, lo persiguió hasta la cocina para verlo desayunar. Sus movimientos se volvieron predecibles, había descifrado el código. Antes de abandonar el lugar probó su almohada y le robó los sueños.
El borrador estaba listo, después de releerlo lo deshizo, lo prendió fuego y vio como el viento se llevaba las cenizas lejos lejos.



II.

Su vida es búsqueda. Cada vez que sale a la calle la busca desesperadamente por todos lados. Tiene la esperanza de cruzarla en alguna esquina esperando en el semáforo o verla venir caminando en sentido contrario.
Sueña con verla detrás del vidrio en la mesa de algún bar una tarde de otoño tomando un café con aire ausente. Ansía fervientemente que llegue el día en que su búsqueda tenga éxito y el encuentro se haga tangible, poder mirarla, tocarla y sentirla sin que desaparezca como una ilusión pasajera.
A veces le parecía encontrarla en un ómnibus o en la cola del supermercado y lo invadía la absoluta certeza de que era ella. Es ella, es ella, por fin - pensaba. Pero no era. Nunca era. Entonces vuelve la sensación de vacío, de soledad devastadora, vuelve su sentimiento de desilusión, de andar perdido por el mundo.
De todas formas sigue siempre con su mirada atenta, la busca por los lugares que nunca transitó y por aquellos en los que ya buscó mil veces antes; pero está cansado de no encontrarla. No sabe que para que eso suceda debe dejar de buscarla.
Todavía no se enteró que ella soy yo. Tal vez un día lo cite en el banco de una plaza o en una playa azul y se lo confiese.



III.

Ese fue uno de los capítulos que más me sorprendió. Lo lei indignada y sin derechos. No importaba el orden cronológico, todo se actualizaba al presente, a este preciso instante.
Escuché algunos diálogos y me imaginé el resto, eran pequeños indicios que señalaban todos para el mismo lado.
Yo no era la única, había cientos de personajes más en las páginas de su libro y a cada uno parecía darle un papel protagónico. Es irracional, descarada y ridícula mi necesidad de exclusividad, pero también es inevitable, requisito indispensable.
Algunas veces se iban entretejiendo las historias, mientras unas parecían inaugurarse sutilmente otras mostraban claros signos de agonía. Las escenas se iban superponiendo unas con otras y los personajes subían y bajaban del escenario en una sucesión constante y a un ritmo que para el espectador puede llegar a ser macabro.
Él repetía el mismo juego en diferentes tableros, movimientos casi idénticos calculados minuciosamente y jaque mate. Una, dos, tres veces y no quise seguir contando. Y yo que creía que jugaba sin estrategias, precipitadamente y como si fuera la primera vez. Era todo una farsa.
Ahora lo sé, pero mientras lo estoy escribiendo lo voy borrando de mis registros. Ésta es la última vez que voy a tener conciencia de ello, ya está en ejecución mi plan y no hay vuelta atrás.
Voy a suprimir ese capítulo y me voy a quedar con la ilusión de ser la única, de ser especial. Y no es lo mismo quedarse con una ilusión que ser una ilusa, ante la duda siempre voy a poder revisar que no falten páginas.

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