XI.
Son las 3 de la mañana, hace casi dos días que no duerme. Está leyendo un libro de cuentos en el sillón, el mismo de siempre, perdió la cuenta de las veces que lo leyó. Siente unos pasos cerca de la puerta de la calle, detiene la lectura y se queda inmóvil. Ruido a papel. Vé un sobre deslizándose por debajo de la puerta. Siente unas ganas intensas de correr la cortina y descubrirlo ahí, arrodillado frente a su puerta, pero sabe que así no funciona. Entonces no se mueve hasta escuchar que los pasos se pierden en la oscuridad de la noche.
Un sobre blanco, su nombre escrito con tinta azul y subrayado. Abre el sobre, una caligrafía conocida, angulosa y temblorosa. Cuatro papeles sacados de una libreta telefónica, las letras k, ñ, x y z; escritas todas de ambos lados. Respira hondo, se sienta nuevamente y comienza a leer. Llega al final y lo mismo de siempre, él no firma las cartas. Siempre le molestó esa ausencia al final de la hoja.
Agarra un papel y se sienta en el piso apoyándose en la mesa ratona para escribir. La lámpara chorrea una luz amarilla sobre la hoja, dibujando un círculo que apenas la abarca, una hoja blanca porque nunca le gustaron los renglones. Cuando termina de escribir, pone la hoja en un sobre, lo sella, abre el cajón del mueble y lo coloca encima de un montoncito de sobres, es la pila de las cartas que nunca va a enviar.
XII.
El andar del tren le evocaba otros tiempos, el reflejo de la ventana le devolvió otra imagen: la de ella. Pensó en llamarla cuando llegara a la ciudad, pero sabía que así no funcionaba. Entonces se le ocurrió escribirle una carta, aunque ella nunca se las contestara. No tenía papel y tuvo que improvisar, agarró la libreta telefónica y arrancó las hojas en blanco, las letras k, ñ, x y z. Decidió ir de madrugada, es la hora en que los seres como nosotros se sienten más vulnerables -pensó mientras subrayaba el nombre de ella escrito en el frente del sobre.
Vio la luz del living prendida y se la imaginó leyendo su libro en esa soledad intrigante que siempre la envolvía. Se acercó con pasos firmes, como buscando anticipar su llegada, como buscando una señal desde el afuera tan tristemente afuera. Observó la cortina inmóvil esperando un movimiento, una mano que se asomara para correrla y descubrirlo ahí donde quería ser encontrado, pero nada. Deslizó el sobre por debajo de la puerta y se fue.
Se sentó en el banco de la plaza que está a dos cuadras de la luz encendida y admitió solo para sí que sus cartas en realidad no eran para ella. Sus cartas eran para él, solamente se las hacía llegar para sacarse el peso que le generaban esas palabras de plomo sobre sus hombros cansados. Tal vez por eso ella no se las contestaba, tal vez por eso él ni siquiera las firmaba.
XIII.
Los dos releyeron el mismo fragmento. Él nunca releía sus cartas, pero sintió la necesidad de revisar ese fragmento antes de sellar el sobre sin vuelta atrás. Ella lo hizo después de sumar un sobre más a la pila de cartas que encerraba en el cajón.
"Si tuviera que elegir una sola de todas las imágenes tuyas que guardo en los archivos de mi engañosa memoria, luego de resistirme a tal arbitrariedad, sé que elegiría la primera.
Me quedaría con el recuerdo de la primera vez que te vi, entrando en mi jardín de flores rojas con mi libro abajo del brazo y una expresión de total desconcierto en tu cara, una mezcla de fascinación y miedo (que por lo general vienen juntas).
Tal vez porque en ese momento eras totalmente desconocida para mi, un enigma con el pelo al viento y los ojos hambrientos, una incógnita lejos del alcance de mi mano y de mi entendimiento. Eras un signo de pregunta que se iba abriendo con cada paso que dabas, con cada palabra que salía de tu boca roja, roja como mis flores.
Con el tiempo fui observando tus movimientos hasta adivinarlos antes de que sucedan, como un desdoblamiento en dos tiempos, uno de predecirte, otro de confirmarlo.
La última vez que te llevé a la estación de tren para que regresaras a la ciudad, es por otro lado, la escena que más aparece en mis sueños. Tu cara casi inmóvil a través del vidrio frío, volviendo ligeramente los ojos hacia atrás por un momento, hacia donde quedaba yo con la certeza de que ese tren no iba a regresar.
Esa imagen tuya alejándote, volviéndote nuevamente inalcanzable, regresando a tu mundo de papeles en blanco y madrugadas desveladas, a tu mundo que otra vez se me hacía extraño, imposible de descifrar. Entonces otra vez la incógnita alimentando el deseo contradictorio y paralizador de tenerte y no, de conocerte y desconocerte.
Ya lo habías escrito vos misma, en una de tus hojas sin renglones que una vez encontré entre mis libros, lo habías escrito antes de sumergirte entre las flores rojas de mi jardín para llegar a mi puerta: lo prefiero intocable -decía al principio de la hoja, como si fuera un título.
La próxima vez antes de meterte en la boca del lobo, deberías recordar tus preferencias."
martes, 1 de julio de 2008
martes, 2 de octubre de 2007
((( Obsesión )))
I.
¡Basta, basta! - gritó y cerró el libro con un golpe fuerte y seco.
En sus momentos de mayor lucidez se daba cuenta que el libro la estaba enloqueciendo. No podía dejar de leerlo, ya lo había terminado y vuelto a empezar más de cien veces en los últimos días. Nunca podía llegar al final.
Al principio simplemente estaba complacida con la historia, le parecía un planteo interesante. Todas las noches antes de dormir leía un capítulo o dos y lo dejaba en su mesa de luz. Después comenzó a sentirse atrapada por la narración y la disfrutaba intensamente. Siguió el encantamiento, la fascinación y terminó en una obsesión. Cuando se dio cuenta ya se había convertido en un castigo, en un flagelo inevitable que consumía todas sus horas del día. Había dejado de dormir, casi no podía comer y no quería salir de su casa.
Estaba al borde de la locura y el último recurso antes de perder el control era visitar al autor de su obsesión.
II.
No le fue difícil rastrearlo, vivía en un pueblo desconocido a unos kilómetros de la ciudad al cual solo se podía llegar en tren. En el trayecto intentó pensar qué le iba a decir, pero se dio cuenta que su pensamiento había sido invadido por las frases del libro, ya no podía pensar en otra cosa.
El tren iba vacío y en la estación del pueblo tampoco había nadie. Con la dirección anotada con lapiz clarito en la contratapa del libro salió a buscar su casa. Había en esas calles una sensación de abandono, de deshabitación y soledad que le congelaba los huesos. Vio una casa con un jardín lleno de flores rojas, tenía que ser ahí. Golpeó las manos desde lejos y unos segundos después apareció un hombre en la puerta. Su rostro le pareció familiar, el pelo oscuro y lacio le caía en la frente y sus ojos verdes estaban cubiertos por pestañas espesas y bien negras, pero fue su mirada que le dio un cierto escalofrío en la espalda. Era él, era el escritor. Vio que ella llevaba su libro abajo del brazo: "te estaba esperando, sabía que ibas a venir" - le dijo mientras esbozaba una sonrisa perfecta y la invitaba a pasar.
III.
Su frase le generó cierto pánico pero su sonrisa le dio tanta seguridad que no dudó un segundo en entrar. La habitación era grande y tenía cuatro ventanas con elegantes cortinas que dejaban entrar una potente luz blanca. Con los ojos encandilados ella recorrió cada rincón del lugar.
Las paredes estaban cubiertas con cuadros monocromáticos que consistían en pinceladas de diferentes intensidades que delineaban formas difusas, uno rojo, uno azul y uno violeta.
No había muchas cosas en la habitación, todo parecía estar en su lugar, en perfecta armonía y simetría.
El piso de madera brillaba debajo de la alfombra, había varios almohadones desparramados por el suelo y un tocadiscos adornaba un mueble de líneas simples. Del otro lado había una biblioteca inmensa llena de libros pero desde donde estaba no podía llegar a descifrar ningún título.
En el centro del lugar había una mesa con una montaña de hojas en blanco y otra montaña de hojas bañadas en tinta negra.
Del techo colgaban unas lámparas extrañas y fue en ese momento en que ella sintió que ya conocía ese lugar. El escritor seguía con su sonrisa perfecta y la miraba como intentando leer cuáles eran sus pensamientos mientras inspeccionaba atentamente el lugar en el cual él pasaba sus días.
Cuando sus miradas se cruzaron entre los rayos de sol entendieron todo, entonces él le hizo un gesto casi imperceptible y salieron por la puerta de atrás.
IV.
Un jardín enorme se desplegaba ante sus ojos que seguían un poco encandilados por el brillo de la luz solar. Metros y metros de terreno cubierto por un espeso manto verde y rodeado de arbustos, flores y árboles. Ella no conocía nada de botánica, solo reconoció un limonero y un mandarino. Le gustaban las cosas ácidas. Trató de respirar hondo para llenarse los pulmones con el aroma cítrico que desprendían los frutos.
Pero lo que más capturó su atención fue un árbol frondoso que había al fondo del terreno, por debajo de sus ramas sobresalían unas hojas color púrpura y otras rojas que apenas se asomaban.
V.
El escritor vivía en un paraíso para los sentidos. Pero no era que él fuera encantador, su sonrisa y sus ojos verdes y brillantes sí lo eran. Él no era encantador, era especial.
Tenía un gesto en su cara que le daba un cierto aire de misterio, ella lo notó y pensó si no sería justamente ese gesto lo que le generaba una sensación de magnetismo inexplicable e inquietante.
VI.
Esa tarde se tiraron en el pasto al lado del árbol, él le contó la historia de cómo había llegado a su jardín. Hablaron sobre las palabras, los colores recurrentes, los desencuentros, los desdoblamientos de la memoria, el deseo de desear y de no desear más, la vida en el pueblo y los mundos paralelos. Miraron las nubes en silencio y se miraron de reojo y volvieron los ojos al cielo de nuevo para volver a mirarse después, detenerse en las pupilas del otro, no sacarse los ojos de encima, respirar en sintonía, sonreirse y apenas rozarse las manos a través del pasto húmedo que les hacía de colchón. El libro quedaba en el olvido, el libro y el mundo quedaban en el olvido. Pero solo iba a ser una amnesia temporal.
VII.
La voz del escritor tenía un efecto hipnótico sobre ella. Por momentos quedaba atrapada con sus historias y podía recrear en su cabeza las escenas que él describía y sentirse ahí, como arrastrada por un remolino de palabras que la situaban a su lado para observar lo que él observaba en ese preciso instante con su mirada penetrante.
En otros momentos quedaba fascinada con la forma en que su boca iba pronunciando cada palabra, deslizándolas a través de los labios para llenar el aire que los separaba con letras que se desparramaban caóticamente.
VIII.
Así fue escuchando selectivamente lo que él decía. Cuando estaba concentrada en lo melodiosa que sonaba su voz o en los movimientos de sus labios, las palabras se perdían, se desarmaban y solo quedaban letras sin sentido. Se perdían fragmentos de historias, fragmentos que eran como piezas de un gran puzzle. Y cuando a los puzzles le faltan piezas ya no sirven.
XIX.
Hoy en día eran pocas las personas que llegaban a ese pueblo, años atrás había sido un lugar muy habitado, sobre todo porque tenía un puerto natural de mucho tránsito.
Con la construcción de un puerto de mayor infraestructura en una ciudad vecina, el lugar se fue despoblando y las calles fueron tomando ese aspecto de desolación que ella había sentido ni bien se bajó en la estación de tren vacía.
Fue en ese momento cuando el escritor decidió mudarse para ahí. Llegó cuando la gente se estaba yendo. Era ideal, venía huyendo del barullo, venía buscando la soledad.
X.
De todas maneras el puerto seguía funcionando, salían algunos botes pesqueros en temporada y un par de veces al año llegaban grandes cruceros llenos de extranjeros que partían a las ciudades vecinas desde la estación de tren. Se había transformado en un lugar de paso.
Las calles se veían desbordadas de turistas que engañosamente vestían al pueblo de colores y de voces entusiasmadas. Él le contó que esos días eran para él un infierno, se encerraba y trataba de no asomarse a ninguna de las grandes ventanas que tenía su casa. Ella dudó un segundo y pensó que triste era que se perdiera las luces reflejadas en el agua. Entonces una imagen del pasado invadió sus pensamientos, cerró los ojos para apagar esas luces, pero seguían allí.
((( Paranoia )))
I.
Ahora sí estaba todo pronto. En una hora y media recorrió toda su vida. Se aprendió cada capítulo de memoria. Lo vio en todos sus momentos; durmiendo con el sol en la cara, caminando por una calle olvidada y oscura, lo vio viajando por una carretera infinita.
Lo encontró una tarde de invierno con lágrimas en los ojos, otro día con sonrisa dibujada mirando el mar, con los pelos al viento o con cara de recién levantado. Registró todos los ángulos posibles.
Tenía que escribirlo, iba a ser su obra maestra. Mientras las imágenes se acumulaban una tras otra a un ritmo vertiginoso, volvía el perfume y la textura de su piel y las palabras se amontonaban para ver la luz.
Una vez más observó su reflejo en el espejo mientras se afeitaba, lo persiguió hasta la cocina para verlo desayunar. Sus movimientos se volvieron predecibles, había descifrado el código. Antes de abandonar el lugar probó su almohada y le robó los sueños.
El borrador estaba listo, después de releerlo lo deshizo, lo prendió fuego y vio como el viento se llevaba las cenizas lejos lejos.
II.
Su vida es búsqueda. Cada vez que sale a la calle la busca desesperadamente por todos lados. Tiene la esperanza de cruzarla en alguna esquina esperando en el semáforo o verla venir caminando en sentido contrario.
Sueña con verla detrás del vidrio en la mesa de algún bar una tarde de otoño tomando un café con aire ausente. Ansía fervientemente que llegue el día en que su búsqueda tenga éxito y el encuentro se haga tangible, poder mirarla, tocarla y sentirla sin que desaparezca como una ilusión pasajera.
A veces le parecía encontrarla en un ómnibus o en la cola del supermercado y lo invadía la absoluta certeza de que era ella. Es ella, es ella, por fin - pensaba. Pero no era. Nunca era. Entonces vuelve la sensación de vacío, de soledad devastadora, vuelve su sentimiento de desilusión, de andar perdido por el mundo.
De todas formas sigue siempre con su mirada atenta, la busca por los lugares que nunca transitó y por aquellos en los que ya buscó mil veces antes; pero está cansado de no encontrarla. No sabe que para que eso suceda debe dejar de buscarla.
Todavía no se enteró que ella soy yo. Tal vez un día lo cite en el banco de una plaza o en una playa azul y se lo confiese.
III.
Ese fue uno de los capítulos que más me sorprendió. Lo lei indignada y sin derechos. No importaba el orden cronológico, todo se actualizaba al presente, a este preciso instante.
Escuché algunos diálogos y me imaginé el resto, eran pequeños indicios que señalaban todos para el mismo lado.
Yo no era la única, había cientos de personajes más en las páginas de su libro y a cada uno parecía darle un papel protagónico. Es irracional, descarada y ridícula mi necesidad de exclusividad, pero también es inevitable, requisito indispensable.
Algunas veces se iban entretejiendo las historias, mientras unas parecían inaugurarse sutilmente otras mostraban claros signos de agonía. Las escenas se iban superponiendo unas con otras y los personajes subían y bajaban del escenario en una sucesión constante y a un ritmo que para el espectador puede llegar a ser macabro.
Él repetía el mismo juego en diferentes tableros, movimientos casi idénticos calculados minuciosamente y jaque mate. Una, dos, tres veces y no quise seguir contando. Y yo que creía que jugaba sin estrategias, precipitadamente y como si fuera la primera vez. Era todo una farsa.
Ahora lo sé, pero mientras lo estoy escribiendo lo voy borrando de mis registros. Ésta es la última vez que voy a tener conciencia de ello, ya está en ejecución mi plan y no hay vuelta atrás.
Voy a suprimir ese capítulo y me voy a quedar con la ilusión de ser la única, de ser especial. Y no es lo mismo quedarse con una ilusión que ser una ilusa, ante la duda siempre voy a poder revisar que no falten páginas.
Ahora sí estaba todo pronto. En una hora y media recorrió toda su vida. Se aprendió cada capítulo de memoria. Lo vio en todos sus momentos; durmiendo con el sol en la cara, caminando por una calle olvidada y oscura, lo vio viajando por una carretera infinita.
Lo encontró una tarde de invierno con lágrimas en los ojos, otro día con sonrisa dibujada mirando el mar, con los pelos al viento o con cara de recién levantado. Registró todos los ángulos posibles.
Tenía que escribirlo, iba a ser su obra maestra. Mientras las imágenes se acumulaban una tras otra a un ritmo vertiginoso, volvía el perfume y la textura de su piel y las palabras se amontonaban para ver la luz.
Una vez más observó su reflejo en el espejo mientras se afeitaba, lo persiguió hasta la cocina para verlo desayunar. Sus movimientos se volvieron predecibles, había descifrado el código. Antes de abandonar el lugar probó su almohada y le robó los sueños.
El borrador estaba listo, después de releerlo lo deshizo, lo prendió fuego y vio como el viento se llevaba las cenizas lejos lejos.
II.
Su vida es búsqueda. Cada vez que sale a la calle la busca desesperadamente por todos lados. Tiene la esperanza de cruzarla en alguna esquina esperando en el semáforo o verla venir caminando en sentido contrario.
Sueña con verla detrás del vidrio en la mesa de algún bar una tarde de otoño tomando un café con aire ausente. Ansía fervientemente que llegue el día en que su búsqueda tenga éxito y el encuentro se haga tangible, poder mirarla, tocarla y sentirla sin que desaparezca como una ilusión pasajera.
A veces le parecía encontrarla en un ómnibus o en la cola del supermercado y lo invadía la absoluta certeza de que era ella. Es ella, es ella, por fin - pensaba. Pero no era. Nunca era. Entonces vuelve la sensación de vacío, de soledad devastadora, vuelve su sentimiento de desilusión, de andar perdido por el mundo.
De todas formas sigue siempre con su mirada atenta, la busca por los lugares que nunca transitó y por aquellos en los que ya buscó mil veces antes; pero está cansado de no encontrarla. No sabe que para que eso suceda debe dejar de buscarla.
Todavía no se enteró que ella soy yo. Tal vez un día lo cite en el banco de una plaza o en una playa azul y se lo confiese.
III.
Ese fue uno de los capítulos que más me sorprendió. Lo lei indignada y sin derechos. No importaba el orden cronológico, todo se actualizaba al presente, a este preciso instante.
Escuché algunos diálogos y me imaginé el resto, eran pequeños indicios que señalaban todos para el mismo lado.
Yo no era la única, había cientos de personajes más en las páginas de su libro y a cada uno parecía darle un papel protagónico. Es irracional, descarada y ridícula mi necesidad de exclusividad, pero también es inevitable, requisito indispensable.
Algunas veces se iban entretejiendo las historias, mientras unas parecían inaugurarse sutilmente otras mostraban claros signos de agonía. Las escenas se iban superponiendo unas con otras y los personajes subían y bajaban del escenario en una sucesión constante y a un ritmo que para el espectador puede llegar a ser macabro.
Él repetía el mismo juego en diferentes tableros, movimientos casi idénticos calculados minuciosamente y jaque mate. Una, dos, tres veces y no quise seguir contando. Y yo que creía que jugaba sin estrategias, precipitadamente y como si fuera la primera vez. Era todo una farsa.
Ahora lo sé, pero mientras lo estoy escribiendo lo voy borrando de mis registros. Ésta es la última vez que voy a tener conciencia de ello, ya está en ejecución mi plan y no hay vuelta atrás.
Voy a suprimir ese capítulo y me voy a quedar con la ilusión de ser la única, de ser especial. Y no es lo mismo quedarse con una ilusión que ser una ilusa, ante la duda siempre voy a poder revisar que no falten páginas.
jueves, 30 de agosto de 2007
((( Explosions in the sky )))
Mirá cuando nos llegue la supuesta calma y nos encontremos los dos por fin solos, mirándonos y sintiéndonos hasta los huesos, observando algún atardecer de esos que solo compartíamos por fotos; o dentro de tu auto estacionado frente al mar mientras las luces de la ciudad parecen tan lejanas.
Vamos a sentir que estábamos predestinados a terminar así, inevitablemente unidos y juntos, después de haber derribado todos los obstáculos, después de que dejaras de lado tu armadura y yo desatara mis nudos.
Entonces vas a acercarte a mi boca, te vas a detener al borde de mis labios y me vas a decir cuánto querías que esto pasara. Nuestras imaginaciones nunca se van a callar y nos vamos a inventar infinidad de personajes para seguir creando fantasías, encuentros y desencuentros, vamos a jugar a desearnos, a tentarnos, a morirnos de ganas, a evitarnos hasta volver a sentir la locura y el vértigo de aquellos días en que todo era incertidumbre, indecisión y conflicto.
Los dos sabemos que nosotros nos alimentamos del conflicto, que vivimos eligiendo los caminos más complicados, que aún cuando es primavera tenemos ese aire otoñal que vuelve nuestras miradas tristes. Somos melancolía y muchas veces vemos el mundo en tonos grises.
Nunca le dimos la espalda a la ambigüedad que nos juntó. Pero cuando se aproxima el momento, explotamos de felicidad, estallamos en el cielo azul, azul como vos y vemos luces rojas, rojas como yo. El universo se achica y todo es violeta.
La intensidad tiñe un instante y lo suspende en coordenadas ajenas al tiempo y espacio real para estremecer nuestros cuerpos que vibran mientras ahogamos un grito y soltamos un gemido con aire de suspiro.
Con los ojos alucinados nos miramos, clavamos nuestras pupilas el uno en el otro. Nuestras miradas son como puñales que nos hundimos cruelmente por debajo de nuestros párpados pero ese dolor es dulce y placentero.
El magnetismo de nuestros cuerpos produce electricidad, nos fundimos, borramos los límites de la piel y sentimos correr la sangre por las venas a un ritmo frenético. El aliento agitado y ensordecedor nos transporta a otra
dimensión mientras tus manos me agarran con fuerza, como si nunca más me fueras a soltar.
Yo soy tuya, soy tuya y vos sabés que no quisiera estar en otro lado que no fueran tus brazos, no quisiera sentir otra voz en mi oido que no fuera la tuya susurrándome despacio, confesándome amor y lujuria.
Vida y muerte coexisten en nosotros, nos habitan todos los extremos. Nuestra existencia transcurre en un eterno baile que nos arrastra violentamente de un lado para el otro envueltos en vapores como si estuviéramos en pleno ritual o trance.
Experimentamos todas las sensaciones, nuestros sentidos están agudizados, percibimos con una tonalidad siempre más fuerte, nuestras emociones son como torbellinos irrefrenables.. por eso todo en nosotros es vértigo y éxtasis.
Vamos a sentir que estábamos predestinados a terminar así, inevitablemente unidos y juntos, después de haber derribado todos los obstáculos, después de que dejaras de lado tu armadura y yo desatara mis nudos.
Entonces vas a acercarte a mi boca, te vas a detener al borde de mis labios y me vas a decir cuánto querías que esto pasara. Nuestras imaginaciones nunca se van a callar y nos vamos a inventar infinidad de personajes para seguir creando fantasías, encuentros y desencuentros, vamos a jugar a desearnos, a tentarnos, a morirnos de ganas, a evitarnos hasta volver a sentir la locura y el vértigo de aquellos días en que todo era incertidumbre, indecisión y conflicto.
Los dos sabemos que nosotros nos alimentamos del conflicto, que vivimos eligiendo los caminos más complicados, que aún cuando es primavera tenemos ese aire otoñal que vuelve nuestras miradas tristes. Somos melancolía y muchas veces vemos el mundo en tonos grises.
Nunca le dimos la espalda a la ambigüedad que nos juntó. Pero cuando se aproxima el momento, explotamos de felicidad, estallamos en el cielo azul, azul como vos y vemos luces rojas, rojas como yo. El universo se achica y todo es violeta.
La intensidad tiñe un instante y lo suspende en coordenadas ajenas al tiempo y espacio real para estremecer nuestros cuerpos que vibran mientras ahogamos un grito y soltamos un gemido con aire de suspiro.
Con los ojos alucinados nos miramos, clavamos nuestras pupilas el uno en el otro. Nuestras miradas son como puñales que nos hundimos cruelmente por debajo de nuestros párpados pero ese dolor es dulce y placentero.
El magnetismo de nuestros cuerpos produce electricidad, nos fundimos, borramos los límites de la piel y sentimos correr la sangre por las venas a un ritmo frenético. El aliento agitado y ensordecedor nos transporta a otra
dimensión mientras tus manos me agarran con fuerza, como si nunca más me fueras a soltar.
Yo soy tuya, soy tuya y vos sabés que no quisiera estar en otro lado que no fueran tus brazos, no quisiera sentir otra voz en mi oido que no fuera la tuya susurrándome despacio, confesándome amor y lujuria.
Vida y muerte coexisten en nosotros, nos habitan todos los extremos. Nuestra existencia transcurre en un eterno baile que nos arrastra violentamente de un lado para el otro envueltos en vapores como si estuviéramos en pleno ritual o trance.
Experimentamos todas las sensaciones, nuestros sentidos están agudizados, percibimos con una tonalidad siempre más fuerte, nuestras emociones son como torbellinos irrefrenables.. por eso todo en nosotros es vértigo y éxtasis.
domingo, 26 de agosto de 2007
:: Escenas entre fantasmas ::
I.
Tocó la puerta con tres golpes secos. Sus pasos al lado de la ventana ya habían alertado a mis sentidos de su presencia. Vino sin que lo llamara, sabía que lo estaba esperando.
Tomamos un café sentados en el enorme sillón de cuero negro que viste mi living. Su mirada parecía extraviada, seguramente paseaba por las calles de su ciudad en los laberintos de sus pensamientos. Cada tanto fijaba sus pupilas en las mías y compartíamos un silencio. Las horas pasaban, el café se transformó en licor y el sillón en alfombra. Me contó contó cómo transcurría su vida desde la mañana hasta la vuelta a casa por las noches, sin temblores, ni movimiento, ni exaltación. Me confesó que tan cansado estaba de la tranquilidad que a veces necesitaba morir, para volver a nacer. Era un artista, un escritor a escondidas y un apasionado de la música. Desciframos enigmas, desatamos nudos, deshicimos encrucijadas. El relato de su vida se hizo historia en mi memoria. Después de la sorpresa nos despedimos. Nunca más volvió.
II.
No volvió porque su llegada ya traía el adiós para siempre.
Era la condición necesaria para dejar el sobretodo en el sillón y desarmar el equipaje en la alfombra. De otra manera, el café que tanto le gustaba no se hubiera deslizado por sus labios, ni hubiera recorrido su garganta para transformarse en licor.
Dentro de su valija traía algunos de sus libros, le pedí que me regalara uno con una dedicatoria y me respondió que no podía. Parecía tranquilo pero sus manos jugaban incesantemente con cualquier cosa que estuviera a su alcance. Se tenía que ir de la ciudad, necesitaba anonimato, total y absoluto desconocimiento de su pasado. Se mudaba para un pueblo con coordenadas secretas. No podía dejar rastros, no podía dejarme su libro. Me dejó en cambio, mucho más que su tinta desparramada en simple papel.
((( Primeras escenas de mi fantasía de invierno gris.
La fantasía se terminó cuando se cruzó con la realidad.
Mentira. )))
III.
Fue una suerte de premonición. Ahora lo sé. Cuando empecé a relatar las escenas entre fantasmas no había ningún vestigio de realidad. Era todo pura ficción, producto de una imaginación exacerbada.
Es cierto que fue él quien desató esos pensamientos. Al principio de forma sutil, de manera indirecta, con unas pocas palabras que decían más con lo que evocaban que con lo que comunicaban en sí.
Más tarde abandonó la sutileza y se transformó en un huracán. Avasallante y arrollador. La fantasía comenzó a crearse entre dos, un estallido de palabras retroalimentándose vertiginosamente fueron abriendo horizontes inesperados.
Inventaron un universo aparte, un submundo secreto, una dimensión lejana a la realidad que impregnaba sus días.
No era un escape, eran látigos que golpeaban cada vez más fuerte. El dolor infringido era, sin embargo, dulce y placentero. La ambigüedad se adueñaba de cada rincón de ese nuevo mundo inventado.
IV.
Fue una mañana de julio. El frío hacía doler los huesos, el aire helado congelaba los pulmones. Al despertar ya estaban bajo los efectos del encantamiento. Fue simultáneo... pero ni lo sospechaban.
Él abrió los ojos y la primera imagen que inauguró su día fue la de ella, imagen que no conocía pero podía inventar, como si se tratara de componer una canción o de pintar un cuadro. Eligió las notas y los colores, los ritmos y las intensidades, la melodía sonaba en su cabeza y las figuras iban apareciendo en el lienzo, dibujándose lentamente, trazando líneas y formas difusas que iban adquiriendo cada más más nitidez ante sus brillosos ojos. Ésta vez el invento no iba a superar al inventor, iba a destruirlo.
Ella se sobresaltó con el ruido del despertador. La invadió la sensación de que la habían sacado de otra realidad. Fueron unos segundos de confusión y se dio cuenta que cuando sonó la alarma estaba soñando. Estaba soñando con él. Intentó retener el contenido del sueño pero después de lavarse los dientes la censura ya se lo había llevado. Ese día la persiguió la intriga de no saber qué había soñado junto con la certeza de que su nuevo visitante onírico, había sido él. No recordaba cómo lucía la noche anterior, solo había quedado en su memoria, el brillo de sus ojos.
Estaban condenados... pero ni lo sospechaban.
Fue una mañana de julio. El frío hacía doler los huesos, el aire helado congelaba los pulmones. Al despertar ya estaban bajo los efectos del encantamiento. Fue simultáneo... pero ni lo sospechaban.
Él abrió los ojos y la primera imagen que inauguró su día fue la de ella, imagen que no conocía pero podía inventar, como si se tratara de componer una canción o de pintar un cuadro. Eligió las notas y los colores, los ritmos y las intensidades, la melodía sonaba en su cabeza y las figuras iban apareciendo en el lienzo, dibujándose lentamente, trazando líneas y formas difusas que iban adquiriendo cada más más nitidez ante sus brillosos ojos. Ésta vez el invento no iba a superar al inventor, iba a destruirlo.
Ella se sobresaltó con el ruido del despertador. La invadió la sensación de que la habían sacado de otra realidad. Fueron unos segundos de confusión y se dio cuenta que cuando sonó la alarma estaba soñando. Estaba soñando con él. Intentó retener el contenido del sueño pero después de lavarse los dientes la censura ya se lo había llevado. Ese día la persiguió la intriga de no saber qué había soñado junto con la certeza de que su nuevo visitante onírico, había sido él. No recordaba cómo lucía la noche anterior, solo había quedado en su memoria, el brillo de sus ojos.
Estaban condenados... pero ni lo sospechaban.
* Blue Boy *
Son tantas las ideas, cosas, fantasías o como quieran ustedes llamarle que se le pasaban por la cabeza que cuesta encontrar un orden, es difícil imponer el orden en medio del caos. Ella era un caos, una tormenta desatada por un suspiro.
Él era un quiebre en sus días y por eso venía inexorablemente lleno de contradicciones. Ella quería jugar con él y no sabía como dejarlo en el plano de lo inmaterial.
No quería cruzarse con él porque lo deseaba, ahí está la verdad... y eso la llenaba de miedo. Era el deseo por una persona que ella misma inventaba y que a la vez andaba caminando por la calle, con toda su corporalidad.
Su sensibilidad para el arte, su melancolía, su intensidad, su poder sobre las palabras, su voz en aquella canción, su brutal sinceridad, su cierto aire misterioso e intrigante y también sus cambios repentinos y hasta violentos de humor, su agresividad y su desilusión de todo... la atraían hacía él, ejerciendo un magnetismo demasiado fuerte sobre ella y por eso le bajó las barreras, le dejó infringir todos los límites y le dio un lugar en sus pensamientos.
Él era una mezcla apasionante de ideales de mentira y de verdad. Era una posibilidad abierta a ocupar cierto lugar que el imaginario había construido hacía mucho tiempo atrás.
A veces ella deseaba que fuera solo un personaje más de sus cuentos, pero a los personajes los podía manejar como marionetas a su gusto, a él no. Él se escurría de sus manos huidizamente, se movía inquieto sin importar lo que se llevara por delante o lo que dejara atrás. De vez en cuando hasta se ponía en posición de ataque y la bombardeaba destructivamente. Hasta en la destrucción se puede encontrar placer.
A ella le generaba tanta ambigüedad que por momentos quería eliminarlo con un movimiento fulminante y por otro lado, la invadía la ternura y le daban ganas de cuidarlo y protegerlo. Sus ganas de matarlo se traducirían en taparle la boca de un beso ante el exceso de palabras caprichosas, ambiciosas y peleadoras.
Lo bueno (o tal vez lo malo) de los inventos es que son creaciones propias y como ella lo inventaba cada vez que lo pensaba, él era perfecto... perfecto hasta en sus defectos.
Perturbador era la palabra que mejor lo definía. A él o a la imagen que ella tenía de él, la distancia entre una y otra es incierta y así permanecerá.
Él jugaba con la tentación y el deseo, dibujando escenas inexistentes en la imaginación de ella que sucumbía fácilmente ante los encantamientos de él.
Ella se sentía como si estuviera al borde del abismo, invadida por el pánico que le generaba el vacío... esperando que él la empujara y se tirara con ella o que simplemente desapareciera para siempre.
Él era un quiebre en sus días y por eso venía inexorablemente lleno de contradicciones. Ella quería jugar con él y no sabía como dejarlo en el plano de lo inmaterial.
No quería cruzarse con él porque lo deseaba, ahí está la verdad... y eso la llenaba de miedo. Era el deseo por una persona que ella misma inventaba y que a la vez andaba caminando por la calle, con toda su corporalidad.
Su sensibilidad para el arte, su melancolía, su intensidad, su poder sobre las palabras, su voz en aquella canción, su brutal sinceridad, su cierto aire misterioso e intrigante y también sus cambios repentinos y hasta violentos de humor, su agresividad y su desilusión de todo... la atraían hacía él, ejerciendo un magnetismo demasiado fuerte sobre ella y por eso le bajó las barreras, le dejó infringir todos los límites y le dio un lugar en sus pensamientos.
Él era una mezcla apasionante de ideales de mentira y de verdad. Era una posibilidad abierta a ocupar cierto lugar que el imaginario había construido hacía mucho tiempo atrás.
A veces ella deseaba que fuera solo un personaje más de sus cuentos, pero a los personajes los podía manejar como marionetas a su gusto, a él no. Él se escurría de sus manos huidizamente, se movía inquieto sin importar lo que se llevara por delante o lo que dejara atrás. De vez en cuando hasta se ponía en posición de ataque y la bombardeaba destructivamente. Hasta en la destrucción se puede encontrar placer.
A ella le generaba tanta ambigüedad que por momentos quería eliminarlo con un movimiento fulminante y por otro lado, la invadía la ternura y le daban ganas de cuidarlo y protegerlo. Sus ganas de matarlo se traducirían en taparle la boca de un beso ante el exceso de palabras caprichosas, ambiciosas y peleadoras.
Lo bueno (o tal vez lo malo) de los inventos es que son creaciones propias y como ella lo inventaba cada vez que lo pensaba, él era perfecto... perfecto hasta en sus defectos.
Perturbador era la palabra que mejor lo definía. A él o a la imagen que ella tenía de él, la distancia entre una y otra es incierta y así permanecerá.
Él jugaba con la tentación y el deseo, dibujando escenas inexistentes en la imaginación de ella que sucumbía fácilmente ante los encantamientos de él.
Ella se sentía como si estuviera al borde del abismo, invadida por el pánico que le generaba el vacío... esperando que él la empujara y se tirara con ella o que simplemente desapareciera para siempre.
~ Niebla por tu ventana ~
Entra la luz por la ventana, luz que ya no se cristaliza en rayos de sol sino en sombras grises. Despertarse no es dejar de soñar, es cambiar el contenido. Sentirte. La mañana viene con espesa neblina, a aclarar la visión. Pasos seguros entre la confusión de esos vapores condensados en frío. Hoy el frío no me duele. Me sobran los motivos, me faltan razones, me alcanzan mis argumentos, me concentro en el instante. Ese instante en que choco con tu presencia, me cruzo con tus ojos, me confundo con tus límites y se me abren horizontes, por encima de la neblina congelada.
waking up without you it's like drinking from an empty cup
*Viejos Archivos*
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