domingo, 26 de agosto de 2007

:: Escenas entre fantasmas ::


I.



Tocó la puerta con tres golpes secos. Sus pasos al lado de la ventana ya habían alertado a mis sentidos de su presencia. Vino sin que lo llamara, sabía que lo estaba esperando.
Tomamos un café sentados en el enorme sillón de cuero negro que viste mi living. Su mirada parecía extraviada, seguramente paseaba por las calles de su ciudad en los laberintos de sus pensamientos. Cada tanto fijaba sus pupilas en las mías y compartíamos un silencio. Las horas pasaban, el café se transformó en licor y el sillón en alfombra. Me contó contó cómo transcurría su vida desde la mañana hasta la vuelta a casa por las noches, sin temblores, ni movimiento, ni exaltación. Me confesó que tan cansado estaba de la tranquilidad que a veces necesitaba morir, para volver a nacer. Era un artista, un escritor a escondidas y un apasionado de la música. Desciframos enigmas, desatamos nudos, deshicimos encrucijadas. El relato de su vida se hizo historia en mi memoria. Después de la sorpresa nos despedimos. Nunca más volvió.



II.


No volvió porque su llegada ya traía el adiós para siempre.
Era la condición necesaria para dejar el sobretodo en el sillón y desarmar el equipaje en la alfombra. De otra manera, el café que tanto le gustaba no se hubiera deslizado por sus labios, ni hubiera recorrido su garganta para transformarse en licor.

Dentro de su valija traía algunos de sus libros, le pedí que me regalara uno con una dedicatoria y me respondió que no podía. Parecía tranquilo pero sus manos jugaban incesantemente con cualquier cosa que estuviera a su alcance. Se tenía que ir de la ciudad, necesitaba anonimato, total y absoluto desconocimiento de su pasado. Se mudaba para un pueblo con coordenadas secretas. No podía dejar rastros, no podía dejarme su libro. Me dejó en cambio, mucho más que su tinta desparramada en simple papel.




(((      Primeras escenas de mi fantasía de invierno gris.
La fantasía se terminó cuando se cruzó con la realidad.
Mentira.      )))




III.


Fue una suerte de premonición. Ahora lo sé. Cuando empecé a relatar las escenas entre fantasmas no había ningún vestigio de realidad. Era todo pura ficción, producto de una imaginación exacerbada.
Es cierto que fue él quien desató esos pensamientos. Al principio de forma sutil, de manera indirecta, con unas pocas palabras que decían más con lo que evocaban que con lo que comunicaban en sí.
Más tarde abandonó la sutileza y se transformó en un huracán. Avasallante y arrollador. La fantasía comenzó a crearse entre dos, un estallido de palabras retroalimentándose vertiginosamente fueron abriendo horizontes inesperados.
Inventaron un universo aparte, un submundo secreto, una dimensión lejana a la realidad que impregnaba sus días.
No era un escape, eran látigos que golpeaban cada vez más fuerte. El dolor infringido era, sin embargo, dulce y placentero. La ambigüedad se adueñaba de cada rincón de ese nuevo mundo inventado.



IV.


Fue una mañana de julio. El frío hacía doler los huesos, el aire helado congelaba los pulmones. Al despertar ya estaban bajo los efectos del encantamiento. Fue simultáneo... pero ni lo sospechaban.

Él abrió los ojos y la primera imagen que inauguró su día fue la de ella, imagen que no conocía pero podía inventar, como si se tratara de componer una canción o de pintar un cuadro. Eligió las notas y los colores, los ritmos y las intensidades, la melodía sonaba en su cabeza y las figuras iban apareciendo en el lienzo, dibujándose lentamente, trazando líneas y formas difusas que iban adquiriendo cada más más nitidez ante sus brillosos ojos. Ésta vez el invento no iba a superar al inventor, iba a destruirlo.

Ella se sobresaltó con el ruido del despertador. La invadió la sensación de que la habían sacado de otra realidad. Fueron unos segundos de confusión y se dio cuenta que cuando sonó la alarma estaba soñando. Estaba soñando con él. Intentó retener el contenido del sueño pero después de lavarse los dientes la censura ya se lo había llevado. Ese día la persiguió la intriga de no saber qué había soñado junto con la certeza de que su nuevo visitante onírico, había sido él. No recordaba cómo lucía la noche anterior, solo había quedado en su memoria, el brillo de sus ojos.

Estaban condenados... pero ni lo sospechaban.

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